[Cap II] Que se llama soledad

I.Christian

No era miedo precisamente lo que sentía Christian, las cuatro copas de vino ya estaban haciendo su efecto. Otra vez la decepción de un encuentro malogrado. La voz en su interior resonando por enésima vez «Ella no vendrá», oídos sordos, el corazón lleno de frustración y alcohol.

El temor a la soledad desatiende los veintisiete años recién cumplidos, como si el mundo fuera una bomba de relojería, demasiadas noches se asientan debajo de sus ojos. Christian no conoce la paciencia, piensa que el tiempo es una simple extensión del sufrimiento.

–¿Va a desear algo más?– la voz del camarero es una sentencia

–No lo creo, gracias

–Puede quedarse hasta que lo desee

La frase era una mano en el hombro, pero también un espaldarazo.

Ya dan las doce y la gente se va retirando del local, cada persona que pasa por su lado lo mira –no hay nada peor que la lástima, los demás te observan por encima del hombro, son superiores, tienen vidas más valiosas que la tuya, porque están acompañados, porque esta noche se van a ir a la cama con otra persona, van a abrazarla, a besarla, a hacerle el amor; a esa hora en que los cuerpos se funden en el éxtasis, ellos se hunden entre las sábanas, y uno se acuesta con la soledad–.

Allá afuera hace un poco de frío, Christian usa un sweater como bufanda, camina lentamente, con los sentidos aderezados todavía por el vino, en toda la calle sólo brilla una luz tenue. No tiene ganas de llegar a ninguna parte, el chirrear de los aparatos de un viejo parque de diversiones lo invita a pernoctar allí. Parecen incontrolables los deseos de llorar, aquella muchacha ni siquiera era importante, mas la desesperación es una maquinaria cruel que tritura el alma, Christian lo sabe, pero es incapaz de controlarlo… recostado a un banco se pone los auriculares, llega Sabina como un deja vu.

…En busca de una gatita
A esa hora maldita
En que los bares a punto están de cerrar
Cuando el alma necesita
Un cuerpo que acariciar…

Christian es otro aparato oxidado gimiendo en la oscuridad. No sabe sin embargo que la felicidad podría estar demasiado cerca, a unos escasos metros, llorando también esta noche.

[Cap I] Que se llama soledad

 con Lyn, por sus noches
frente a la luna…

La soledad, esa a la que Joaquín Sabina llamó su amante inoportuna, nos cala tan profundo a veces, que somos incapaces de darnos cuenta que quizás en cualquier lugar, en este mismo instante, hay alguien esperándonos. Una mirada, un roce furtivo en una multitud, un café, una fiesta, una red social… existen disímiles lazos desatados y nunca se sabe cuál comenzará a moverse para ti. No desistas, no te quedes todo el tiempo en casa.

  1. Luna

No era precisamente dolor lo que sentía Luna, aquellas manos ásperas quizá hubieran dado un placer añadido al apretar su piel, pero apenas podían tocarla en la distancia que supone el éxtasis de un cuerpo demasiado sudado que se mueve sobre ella como si no existiese, todo es tan rápido que hace daño, las manos que desea que la acaricien ahora aprietan las sábanas, mientras unos ojos que no la miran se mantienen fijos en la almohada, casi desorbitados.

Asfixia quizá, ansias de volver a respirar.

Hasta que el cuerpo cae al otro extremo de la cama, la besa en la frente y sonríe, luego se da la vuelta. Después el silencio y la oscuridad.

Luna estira el brazo, pero no encuentra a nadie, todas las noches lo mismo, el sueño repetitivo de alguien que la posee y la desecha, debe ser el estrés –piensa– desde hace tiempo los días son muy largos, el trabajo hasta deshoras, el papeleo… El único sosiego lo encuentra en la música, Sabina se ha convertido en un combustible indispensable, él ha sido su cómplice.

Pone una canción que le ayude a recobrar el sueño, demasiado recurrente, Hombre del traje gris, demasiado recurrente…

Algunas veces vuelo
Y otras veces
Me arrastro demasiado a ras del suelo
Algunas madrugadas me desvelo
Y ando como un gato en celo
Patrullando la ciudad…

Luna mira a través de la luz que se cuela por la ventana, su cuerpo se va enfriando con la brisa de la noche, allá afuera todo es calma. La ciudad rueda despacio, como una lágrima por su mejilla.

Hola, peces del lugar!!

Hola Peña! Este es el blog número… (bueh, ya se me olvidó cuántos van) que inicio. La Pecera nace de la necesidad de contar algo más allá de la escasa literatura que estoy escribiendo en Sangre y Pus, pues nunca me ha gustado tener un blog politemático, así que este es más de bitácoras, reseñas y críticas. Había pensado en meterme a youtuber pero todavía la tecnología no me alcanza (uuuu qué pobre soy)… Así que youtubers y blogueros cubanos cuidaos que voy a arremeter contra y a favor de ustedes. Uuuuuun abrazo desde el norte oriental de la isla.